La llegada al Mirador de Azahar ya te dice bastante de lo que vas a encontrar. El hotel está en lo alto de una colina a las afueras de Altea, rodeado de olivos y cipreses. La carretera sube serpenteando y, cuando llegas a la entrada, lo primero que ves es un muro de piedra arenisca con el nombre del hotel grabado en letras bajas. Nada de letreros luminosos ni entradas aparatosas.
El edificio principal juega con la arquitectura mediterránea tradicional: muros encalados, madera oscura y grandes ventanales que enmarcan el mar. El porche de entrada tiene vigas de madera vista y un suelo de barro cocido que ya te cambia el chip. No parece un casino. Parece un hotel de viaje.
La recepción es amplia pero no ostentosa. El mostrador es de piedra oscura, y detrás hay un panel de madera con un mapa esculpido de la costa. El personal te recibe con una copa de bienvenida —un moscatel de la zona, detalle que no todos los hoteles tienen— y te acompaña a la habitación en lugar de darte una llave y señalarte el ascensor.
El lobby conecta de forma natural con un patio interior que tiene un naranjo en el centro y un par de bancos de forja. A la derecha está el acceso al casino, pero casi no se nota. La puerta es de madera maciza, sin carteles ni luces. Si no te lo dicen, pasas de largo. Y eso, para un hotel con casino, es una decisión de diseño valiente.